En la parte superior, unas finas protuberancias articuladas —como antenas o extremidades articuladas— estaban dispuestas con una precisión asombrosa.
Era diferente a todo lo que conocía. No era una herramienta. No era un adorno. No era algo que se le hubiera ocurrido a primera vista.
Nadie pudo explicar para qué servía.
ísico, sino también emocional.
En el instante en que mis dedos lo apretaron, algo cambió.
Surgieron recuerdos que no parecían recuerdos en absoluto:
fragmentos, sensaciones, impresiones que no eran mías, pero que me resultaban inquietantemente cercanas.
Sentí una opresión en el pecho. La cabeza me zumbaba como si algo hubiera despertado.
No podía discernir si estaba recordando algo real o imaginando aquello que siempre había temido.
Miré a mi madre, y ella me miró sin decir palabra.
Ambas comprendimos que, fuera lo que fuese ese objeto, no era solo algo que mi padre poseía.
Era algo que llevaba consigo, algo que lo había moldeado, agotado, tal vez incluso definido.
El cajón se cerró de nuevo.
La caja estaba cerrada con llave.
Pero el miedo no volvió del lugar de donde vino.
Porque una vez que algo oculto se vuelve visible, nunca podrá volver a ser verdaderamente invisible.