No estaba fisgoneando, al menos no intencionadamente.
Simplemente estaba esperando en la habitación de mi novia mientras se arreglaba, cuando algo en su escritorio me llamó la atención.
Era un objeto pequeño que no reconocí en absoluto.
A primera vista, pensé que podría ser algún tipo de artilugio, tal vez un utensilio de cocina o uno de esos aparatos modernos que intentan hacer diez cosas a la vez.
El mango era sólido y sencillo, pero la parte superior era inusual: finos bucles de alambre de aspecto flexible dispuestos en una delicada forma, casi como una flor.
No se parecía a nada que hubiera visto antes.
La curiosidad me pudo. Lo cogí con cuidado y lo giré entre mis manos, intentando averiguar cómo funcionaba.
No parecía electrónico. Tampoco parecía mecánico en ningún sentido obvio.
El contraste entre el mango robusto y la parte superior frágil lo hacía aún más confuso.
Por un momento, incluso me pregunté si se trataba de algo personal o decorativo, algo destinado a un propósito muy específico que yo desconocía.
Cuanto más lo miraba, más preguntas me surgían.
¿Por qué algo tan delicado estaría sujeto a un mango tan firme?
¿Le faltaba alguna pieza?
¿Se usaba para algo que yo desconocía?

Consideré devolverlo y olvidarme del asunto, pero la curiosidad me lo impidió.
Quería entender qué era lo que estaba viendo antes de que ella regresara.
Tras buscar un poco y comparar imágenes en internet, la respuesta resultó ser mucho más sencilla de lo que esperaba.