Sostuve a mi bebé más fuerte contra mi pecho.
No por frío… sino por todo lo que estaba sintiendo en ese momento.
Mi abuelo me miraba fijamente, con el ceño fruncido y una mezcla de confusión… y enojo.
—¿Cómo que nunca recibiste nada? —preguntó, su voz ahora más grave.
Tragué saliva.
—Nunca, abuelo. Ni un solo dólar. Ni una transferencia, ni ayuda… nada.
El silencio cayó como una losa.
Mi bebé hizo un pequeño sonido, ajeno a todo ese caos, y eso fue lo único que me mantuvo en pie.
Mi abuelo apretó los labios.
Luego giró lentamente la cabeza…
hacia mi padre.
—Explícame —dijo, con una calma peligrosa.
Mi padre palideció.
—Debe haber un error… —murmuró.
—No —respondí—. No hay ningún error. Yo pasé hambre. Usé ropa usada. Trabajé embarazada… sola.
Cada palabra era como un golpe.
Mi abuelo dio un paso atrás, como si le faltara el aire.
—Yo… —susurró— yo envié ese dinero cada mes durante cinco años…
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué…?
—250,000 dólares mensuales —continuó—. Para que no te faltara nada. Para que vivieras tranquila… para que mi bisnieto naciera en condiciones dignas.
Mis manos comenzaron a temblar.
Miré a mi padre.
Ya no evitaba mi mirada.
La bajaba.
—Papá… —dije, con la voz rota—. ¿Dónde está ese dinero?